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Razones para hacer ejercicios (que no tienen que ver con bajar de peso)

Updated: Jun 2, 2022





Repitan conmigo: no voy a comprar ese producto para quEmAr laS caLoRíAs deL coQuiTo. Tampoco voy a hacer la dieta que me recomienda la influencer de veintiún años que jura y perjura que le ayudó, no solo a mantener su peso normal, sino a bajar de peso en las Navidades pasadas. No voy a hacer el régimen de ejercicio del insta-entrenador que sé que me va a aburrir, nada más porque está de moda. En fin, este año vengo con los guantes puestos: el que nunca haya comido con cojones en una temporada navideña, que tire la primera piedra.


Son empanadillas, pero me los imagino como pastelillos de guayaba


Quienes me conocen saben que estoy loca por ver el fin de lo que en antiguo castellano se conoce como diet culture. Y cuando de verdad se me inflama la rebelión contra las campañas de auto-odio es en la temporada navideña y en las primeras semanas de enero, cuando en mis redes sociales azota la plaga de “¡Quema el lechón en dos semanas!” y “Cómo recuperar tu figura sin mucho esfuerzo”. En muchas ocasiones, estes vendedores de dietas, membresías de gimnasio y laxantes que nunca te deberías tomar si valoras el funcionamiento de tus órganos internos, se refieren a los cuerpos como “templos” por las razones más irónicas (es decir, siempre para insistir que en los templos no hay espacio para el pai de calabaza); y la realidad es que me encanta la idea de que mi cuerpo sea un templo, pero uno pagano, en donde se hagan danzas en los equinoccios y solsticios, se honren los ciclos (incluyendo el menstrual) y se hagan ofrendas de hierbas aromáticas, miel y frutos de la cosecha. Así que, ya que estamos en esas, la sacerdotisa va a hablar: mi cuerpo, en efecto, es un templo. Casi nunca se enferma, cicatriza rápido, tiene una memoria muscular respetable, da abrazos verdaderamente consoladores y lleva una melena de la cual estoy algo envanecida. Le doy mantenimiento consistente, lo reconozco como santuario, tiene poderes de sanación extraordinarios y se merece absolutamente lo mejor. Su realidad de templo no tiene absolutamente nada que ver con cuánto pese. Las ofrendas preferidas de esta temporada son batidas de papaya con parcha, té de jengibre sin azúcar, arroz guisado con gandules, tostones, tembleque y flan. Gracias por adelantado.


Qué gusto compartir el planeta con el flan


Las fiestas son una temporada de celebración, en donde en los hogares, con frecuencia, se sirve comida en abundancia. Si me estás leyendo, es porque hablas español y, por consiguiente, lo más probable es que la filosofía en tu casa desde Nochebuena hasta después de Reyes (y hasta el Día de la Candelaria en febrero, si vives en Puerto Rico) es “mejor que sobre a que falte [comida]”. Es decir, es posible que ahora mismo estés comiendo más de lo que sueles comer en el año. Y, dada la sociedad en la que vivimos, es posible que se estén disparando tus sentimientos de culpa y las ansiedades de tenerte que castigar dejando de comer y/o yendo directo a la trotadora después de cenar. Si es este el caso, te pido encarecidamente que me escuches: termínate el plato de bizcocho que te serviste con tanto gusto y disfrútalo. Quien tenga alguna opinión al respecto, lo asamos junto al pernil sin problema — mejor que sobre a que falte, ¿verdad?).


(Es broma, no me vayan a coger miedo)


Hay una diferencia gigantesca entre ser saludable (entiéndase, comer sano, moverse con regularidad y mantener una salud mental estable) y cumplir los objetivos cambiantes del mundo del fitness y de la belleza one-size-fits-all. Es decir: no te estoy diciendo que dejes de hacer ejercicios para siempre y que cambies a una dieta de ron y Doritos. Está plenamente documentado que el ejercicio tiene un sinnúmero de beneficios de salud, incluyendo la regulación del sistema nervioso, combatir la alta presión arterial e incluso combatir condiciones de salud mental como la ansiedad, la depresión y el insomnio. Pero al igual que la calidad de la comida que consumimos no es lo que era antes, tampoco nuestra relación con el ejercicio; antes una parte integral del diario vivir, el ejercicio se ha transformado en un producto dentro de una industria muy lucrativa, que se nos vende bajo pretextos malsanos y crueles, con fines mayormente cosméticos y con poca preocupación por la salud del consumidor.

Que conste: les habla una persona con una debilidad por la estética. He dedicado tiempo y energía a aprender cuáles son los cortes, los colores, las texturas y los largos de la ropa que, según mi criterio, me favorecen. Me hago mascarillas de aceite de coco, sábila y guineo en el pelo porque me deja las rizo-ondas como de diosa amazónica. Disfruto tanto de maquillarme y pintarme las uñas de colores vivos, que estoy buscando marcas completamente naturales, para así dejar de ponerme químicos en la piel y maquillarme y pintarme las uñas con más frecuencia. Me divierte de sobremanera jugar con la estética. Estoy muy lejos de condenar la belleza y mucho menos la jayaera. Lo que me saca de mis casillas es el monopolio de las industrias con nuestra autoestima.



La jayaera



La industria de belleza, que ha insistido en ser más homogénea que un suburbio gringo, decide más o menos cada diez años si es “saludable” tener caderas, si es empoderado ser musculosa, si es sexy tener senos. Estar bronceada, no coger sol, estar musculosa, estar delgada, tener curvas, ser alta, no tener curvas, ser bajita, tener el pelo lacio, tener el pelo rizo, tener mucho pelo, tener el pelo fino — todas y cada una de estas características han sido parte, en algún momento, de una narrativa de belleza “saludable.” Así que me disculpan, pero me llevo mi auténtica preocupación por mi salud junto con mis esmaltes de colores para otra parte con menos juzgones.


Mis esmaltes y yo, huyendo contentas



Entonces, aquí está mi realidad: independientemente de qué opinen las marcas, los influencers, las modelos y las grandes casas de la moda, me encanta hacer ejercicios. Me encanta sudar, me encanta fortalecerme y me FASCINA estirar. Así que, ¿qué hago? Pues, reclamar mi relación con el ejercicio y cerrarle la puerta a les mandones. Lo voy a hacer como me dé la pastelera gana y aprenderé a querer el cuerpo que me salga como consecuencia. ¿Qué motivaciones se me ocurren a la hora de alzar pesas, bailar, escalar, dar una caminata larga o hacer yoga que no tienen nada que ver con controlar mi apariencia? Por el momento, así va la lista:

  1. Poder caminar largas distancias en viajes por ciudades que me encantan

  2. Bailar toda la noche con les panas cada vez que haya que celebrar algo o desintoxicarnos de una semana difícil

  3. Poder pensar con claridad (en movimiento me concentro mejor)

  4. Cargar a mi sobrina recién nacida (hasta más o menos los diez años)

  5. Jugar con el labrador de mi hermana, que jura que es tamaño chihuahua y cuya energía no tiene fin

  6. Ser un brazo firme en el cual se pueda apoyar mi abuela al momento de subir escalones

  7. Correr de la policía en protestas por nuestros derechos

  8. Esquivar una bomba molotov en dicha protesta

  9. Escalar hasta las ventanas de la tesorería del Vaticano y repartir la riqueza en países devastados por el imperialismo (tengo un presentimiento que el Papa argentino me apoyaría si le explico por qué me estoy llevando los cirios pascuales de oro puro — cuento contigo, Fran)

  10. Desarrollar la estámina para protestar con suficiente frecuencia y tenacidad para botar a un político corrupto de su puesto

  11. Derrocar el patriarcado

  12. Poder sacar a alguien del agua en caso de que no sepa nadar

  13. Dormir profundo y así levantarme refrescada y motivada con mis metas y mis relaciones humanas

  14. Tener la capacidad pulmonar de gritar todas las canciones en un concierto de iLe (YO HE PODIDO REEEEESCATAAAAAAARMEEEEEE)

  15. Abrirme el apetito para comerme y disfrutarme unos tacos

  16. Estar de buen humor. Como dijo Elle Woods en la película Legally Blonde, “Exercise gives you endorphins. Endorphins make you happy. Happy people don’t just shoot their husbands” (“El ejercicio te aporta endorfinas. Las endorfinas te ponen feliz. La gente feliz no anda matando a sus maridos”).

  17. Cuidar de mis órganos, especialmente los que se dedican a depurar mi cuerpo (el hígado, la piel, el intestino, los riñones...)

  18. Desarrollar la estámina para sacar a mi país del coloniaje (esto va para largo, cielitos lindos)

  19. Una buena excusa para escuchar un playlist bichote

  20. Algo que hacer con una panita. Los ejercicios en pareja son chulísimos y dan pie para un ataque de risa si los haces con la persona correcta

  21. Botar al ex, literalmente por los poros


El corillo en su estado natural


La diversidad de los cuerpos siempre ha existido. Y mientras es cierto que las comidas que consumimos hoy día no están ni cerca de ser de la calidad que eran en la época pre-hormonas de crecimiento en las ganaderías/pesticidas en las fincas de verduras, no es cierto que en algún momento de la historia todas las mujeres pesaban 110 libras de puro músculo y todas tenían las proporciones de busto-cintura-caderas de Miss Universo. Cómete lo que te dé la gana de aquí a Reyes, menos ese cuento chino.

Desde siempre han habido épocas del año en las que se come más que otras; mientras le estés dando a tu cuerpo los nutrientes que necesita, moviéndote con alguna regularidad y descansando bien, siéntete en confianza de virarle la cara y el trago encima a los tóxicos.


¿Se te ocurre algo que añadir a la lista? Déjalo en los comentarios y/o escríbeme al dm en instagram, para ver si lo incorporo a mis motivaciones pre-pilates.


Cariño, espinacas y pastelillos de guayaba,


Patri Calderón de la Saga


 
 
 

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